martes, 10 de abril de 2012

NUESTRO ORIGEN Y SENTIDO DENTRO DEL ORIGEN Y SENTIDO DEL UNIVERSO. ¿DE DONDE VENIMOS?


                                                                  
            1.- Ese Fondo sin origen, que es la Fuente de la cual todo surge.

            El universo aparece de forma inteligente e inteligentemente movido desde dentro de sí mismo. El Big-bang que da origen a nuestro universo hace unos 150.000 millones de años aproximadamente se produce a partir de un impulso creador intencionado y consciente, no por puro azar o casualidad, tampoco aparece a partir de una nada vacía sino desde un fondo lleno de posibilidades; a ese Fondo se le ha llamado de muchas maneras: Mente Divina, Campo Cero, Campo Akásico, Matriz Primordial…, etc. Lo más probable es que junto a nuestro universo existan muchísimos más, así todos ellos compartirían lo que algunos científicos califican como un Multiverso dentro del cual se agrupan. Las regresiones hacia atrás que podríamos hacer nos llevarían seguramente muy lejos y por intuiciones nada desdeñables y tremendamente sugestivas. El Origen o Principio del que todo emana, incluido ese Fondo al que nos hemos referido es en sí mismo un potencial infinito. Llamémosle con el nombre que mejor encaje con nuestras concepciones y creencias, aunque, en realidad, cualquiera de esos nombres no significa apenas nada, menos que el dedo señalando al sol: Dios, El Ser, Espíritu, Brahman, Paramatman, Conciencia Suprema o “Eso”, todo palabras al fin y al cabo, nada más que palabras.

 Pero, en cualquier caso, no nos confundamos ni caigamos en el tremendo error de asociar lo que encierran estos conceptos a Algo separado y fuera de la Realidad, de la Realidad que Somos, ni veamos tras ellos tampoco entes “personalizados” de algún extraño Olimpo, ni seres representables externamente a nuestro modo y manera, menos aún reducibles a objetos que se puedan diseccionar y objetivar por las cosmologías materialistas, tampoco veamos allí nada, en definitiva, que sea el resultado de una proyección humana, porque entonces no llegaríamos más allá de lo que ciertos parámetros  y descripciones mentales, todos ellos muy humanos, nos permitieran atisbar, que, para esto, serían siempre más bien poco.

 Lo Que Es, ese Fondo Último del que todo emana no se puede trocear, ni diseccionar, ni analizar, no se puede oler, ni tocar, ni quemar, ni ver, ni oír, no es una cosa, ni un objeto, ni una norma, ni una ley física, es más que todo eso y a todo lo incluye, es el Ser de cuanto es y el ver de quien observa, observador y observado al mismo tiempo, de ahí que cualquier intento de reducirlo o acotarlo en algo fracasa, decepciona o frustra, y por esta razón algunos llegan a dudar de Él, descartarlo o negarlo. Hay científicos que han caído o caen en semejante error, como es el caso en el que se encuentra, enredándose a nuestro humilde parecer, el científico Stephen Hawking quien en su último libro, “El gran diseño”, dice que Dios no hace falta para explicar nuestro universo ni nada, y que nos bastamos con nuestras propias leyes, las de la realidad manifiesta y sus dinámicas para hacerlo.

Todo para él se explica de forma mecánica dentro del inmenso cajón emparedado en el que ha convertido al universo o a los muchos universos, pasando también por alto o malinterpretando incluso al mismo Darwin para quien la necesidad de una explicación trascendente o intencionada, a diferencia de lo que le quiere hacer decir Hawking, en este libro precisamente, no está excluida de su evolucionismo, de tal manera que el más eximio de los evolucionistas contradiciendo a Hawking  afirma que “el argumento máximo de la existencia de Dios me parece la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre hayan sido frutos del azar” (Artículo, diario “el Mundo”, 3 de Sept., 2010, por Nicolás Jouve)

El problema de Stephen, me parece a mi, materialista y mecanicista en sus interpretaciones como hemos visto, es el de no ser capaz de abrirse y mirar, seguramente por prejuicios que le condicionan como científico a la vieja usanza, al Fondo de lo observable, medible y analizable, a la Conciencia que lo sustenta todo incluidas las leyes de la física y a él mismo.

Recordemos la historieta del pez que va a buscar agua y tras mucho rato deambulando por el inmenso océano en el que se encuentra, regresa rendido por fin a su casa y le muestra a su padre, vacío, el cubo que tenía que haber llenado, al tiempo que le dice extenuado: ¡no me fue posible encontrar ni una sola gota de agua! A Hawkings me da la impresión  de que le debe de haber sucedido algo parecido después, también, de sus muchos años de investigación y búsqueda. Algo que contrasta significativamente con la apreciación a la que llega el antropólogo Teilhard de Chardin para quien, al revés de Stefhen, “La Presencia divina se ha revelado no ya simplemente frente a nosotros, junto a nosotros. Ha brotado universalmente, nos hallamos de tal modo rodeados y traspasados por ella, que ni nos queda espacio en que caer de rodillas ni siquiera en el fondo de nosotros mismos” (Teilhard de Chrdin, en “El Medio divino”). A Teilhard seguramente le habrían hecho falta cientos, si no miles de cubos, para recoger tanta agua –o sea, tanta Presencia divina- como la que con seguridad hubiese hallado. Una vez más constatamos que ver o no ver el “agua” no depende de nuestros ojos o métodos físicos, sino de otra clase de percepción, la del alma entiendo yo. En realidad, y utilizando la terminología de Ken Wilver el universo de Hawking es un universo “chato”, a lo que yo añadiría que también triste y cojo. Chato y cojo porque prescinde nada más y nada menos que del mismo Espíritu.

            Pero existen otros aires, otras visiones, Aurobindo, el citado Teilhard de Chardin, en la actualidad el antedicho Ken Wilber ( quien dice que el azar se ve superado por el impulso autotrascendente del Kosmos) y junto a ellos otros muchos sabios, científicos, místicos y filósofos que han señalado “La Conciencia” como a la Realidad Suprema, una Conciencia que se anonadó voluntariamente dentro de un juego que ella misma crea, por puro deleite (Aurobindo) y que le lleva a exteriorizarse, a condensarse y a esconderse, algunos dirán que a perderse para reencontrarse después. Involucionar para a continuación Evolucionar en y desde la Materia (que viene etimológicamente, no hemos de olvidarlo, de “madre”, “matriz”).

Y es así como partiendo de allí, primero desde y en su expresión más sutil, como impulsos o vibraciones de pura energía, aún inmaterial, y por combinaciones, luego, de los primordiales elementos, en un proceso de complejidad ascendente, se va abriendo todo un camino evolutivo de menos a más conciencia, pero siempre con ella presente, incluso en las más toscas y rudas piedras. Desde las primeras “insinuaciones” cuánticas hasta la aparición de los reinos mineral, vegetal, animal y…Parémonos aquí un instante, hagamos un pequeño paréntesis, puntualicemos y precisemos algunas cosas.

           
2.-Una Dirección Intencionada en el Universo.

            Porque todo este despliegue,  lo que nos muestra en su asombrosa precisión es que el complejísimo proceso por el que la materia y el universo fue apareciendo tenía y tiene una dirección intencionada, una inteligencia y un sentido. Todo se había estado preparando y organizando desde el principio con el fin de que, llegado un tiempo, y sin negar valor ni importancia a nada de lo anterior, expresión de riqueza, creatividad, belleza y diversidad, se diesen  las condiciones para que el ser humano fuese posible. ¿Un propósito, por lo tanto, en el Universo?, así es, y lo difícil, si no imposible, sería demostrar lo contrario.

Y, entonces, venimos a darnos cuenta de que la casualidad es más que una quimera cuando nos adentramos en el fondo de la realidad misma, de lo que es, en su aparición, evolución y sentido. El mismo Big-Bang, extrañamente, explosionó dando lugar a combinaciones imposibles desde el punto de vista de lo azaroso que dieron lugar a que las bases precisas, con ajustes tremendamente finos de química y física, propiciaran la aparición de los únicos elementos posibles de sustentar vida humana. Así que, ¿un universo por casualidad, por azar?, eso sería peor que una locura. Esto es lo que nos dice nuestra mirada interior, pero también los datos matemáticos y de la estadística académica: porque, ¡la creación de una sola enzima por azar necesitaría unos 12.000 millones de años y nuestro universo apareció hace 14.700! Por lo tanto, no hay tiempo disponible, -los científicos lo saben y cuantos hemos aprendido a contar también- para una explicación de la aparición por azar del organismo humano, ni siquiera de un simple dedo, ni una uña,  menos para el surgimiento de todo el conjunto de galaxias, estrellas,…universo, universos.

Otro ejemplo concreto que ponen los expertos como Michael Starbird de la Universidad de Texas es el del análisis de las probabilidades que hay de que tecleando una combinación de 18 caracteres y espacios al azar en un máquina de escribir surja de modo fortuito la frase de Hamlet “to be or not to be”, pués bien, dice Starbird: si tuviéramos mil millones de chimpancés tecleando al azar una vez por segundo una combinación de 18 teclas y espacios desde el inicio mismo del universo, desde hace aproximadamente 14.700 millones de años, la probabilidad de que para el momento actual en uno de esos tecleos al azar hubiera surgido “to be or not to be” es una de entre mil millones. O sea, “Cada una de las mil millones de coincidencias fortuitas, mutaciones y combinaciones de mutaciones al azar que han tenido que ocurrir para dar lugar a la extrema sofisticación del organismo humano y del resto de la naturaleza implican una probabilidad menor que la aparición de “To be or not to be” en un tecleado al azar…” Y concluye: “dicho de modo más simple, no ha habido ni remotamente, tiempo suficiente desde que hay vida en el planeta tierra para que se acumulen al azar semejante cantidad de mutaciones” (Diario “El Mundo”, 26 de Diciembre 2008,  artículo de Juan A. Herrero Brasas). Esto se comenta por sí mismo.

Juntemos lo anterior a otros nuevos datos extraídos de la cosmología para resaltar hasta qué punto el hecho de que existamos es más que asombroso y hace saltar por los aires cualquier atisbo de superficialidad banal que justificara nuestra aparición como el resultado de un movimiento fortuito. Transcribo con este fin el siguiente texto porque creo que es muy ilustrativo de lo que estamos comentando. Dice el sociólogo, historiador e investigador Anthony Peake: “Si las condiciones de los primeros milisegundos del Big-Bang hubieran sido incluso ligeramente diferentes, no estaríamos aquí para contar todo esto. La oportunidad de supervivencia del carbono en esos primeros momentos era tan poco probable que prácticamente se puede decir que es un milagro. Si el nivel de oxígeno en ese momento crucial hubiera sido un 1 por ciento más bajo, finalmente todo el carbono del interior de las estrellas se habría procesado en oxígeno y luego buena parte de él en elementos más pesados. Consecuentemente, las formas de vida basadas en el carbono, como usted, no existirían” (A. Peake, “¿Somos inmortales?”, edit. Kairós, pag. 420).

En mi humilde parecer, un universo que se ha ido construyendo así y que es una auténtica filigrana de encajes primorosamente urdidos como el más preciso de los trabajos de orfebrería que uno se pueda imaginar no puede ser fruto de movimientos aleatorios arbitrarios. ¡Cómo negar algo tan evidente y que habla por sí sólo!

 Concluyendo: el “dios azar” no sirve como explicación, todo lo contrario; por eso científicos actuales de la talla de Ervin Laszlo o Amit Goswami y antes otros del nivel de Heisenberg, Schrödinger, Jeans, Pauli, y más que podríamos citar , se abren y unen en el fondo por lo menos, sin saberlo incluso, a las visiones e intuiciones de los videntes, místicos y sabios de todos los tiempos (Aurobindo, Teilhard, Paramahansa Yogananda,..) dando cabida a un significado interno que todo lo está dirigiendo y llevando desde la protoconciencia inmersa en el vacío cuántico hasta la aparición y resurgimiento de nuevo en la conciencia humana. (Ver el libro de Ken Wilber “Cuestiones cuánticas”, escritos místicos de los físicos más famosos del mundo. Edit. Kairós)

Cómo cerrar los ojos ante tanta precisión, armonía, encajes y ajustes como los que se dan en todos los niveles, formas, estructuras y organismos de la realidad manifiesta. Lo realmente difícil es no abrirse a comprensiones, intuiciones y visiones no materialistas. Por eso, en 1944, decía Max Planck, considerado el padre de la moderna teoría cuántica y galardonado con el premio Nobel de Física en 1918, en un discurso en Florencia titulado “La esencia de la materia” lo siguiente: “Como hombre que ha dedicado toda su vida a la ciencia más rigurosa, al estudio de la materia, esto es lo que puedo decirles sobre mis investigaciones sobre los átomos: ¡la materia no existe como tal! Toda la materia sólo existe por virtud de una fuerza que hace vibrar las partículas de un átomo y mantiene unido a este diminuto sistema atómico…Debemos suponer que tras esta fuerza existe una Mente consciente e inteligente. Esta mente es la matriz de toda la materia.”. Tal vez es a esto mismo hacia lo que apunta el profesor de Física Teórica David Bohm cuando enseña que debajo del “orden desplegado” –la realidad manifiesta-  hay un “orden implicado” en el que la división entre conciencia y materia no es real y que se sustenta en una Unidad que le da a todo significado y sentido.


3.- La humanidad: un punto de inflexión en la Conciencia.

Y si estas cosas las podemos pensar, constatar y ver respecto al surgimiento de la materia y del universo en general, de los que, para entenderlos, necesariamente nos tenemos que remontar a esa Mente consciente, o divina como yo prefiero llamarla, no es menos, sino mucho más, lo que nos hace comprender la propia aparición de la humanidad con todo lo que ella representa y sugiere, ya que el ser humano, con su puesta en escena hace unos 150.000 años, lo que nos pone delante de forma muy llamativa por su novedad, es un punto de inflexión definitivo en el rumbo evolutivo: en él la conciencia empieza a tomar su “mayoría de edad” después de un larguísimo período de “inconsciencia dormida”.

Ciertamente, con nosotros, los humanos, poco a poco, la conciencia, que se había materializado y densificado hasta el extremo, se va haciendo otra vez consciente de sí, haciendo acto de presencia en la escena de cuanto existe, y esto se realiza de forma clara y evidente cuando alguien, llegado un momento de nuestra evolución, balbuceando aún, va a decir o sentir eso que se esconde tras la palabra “yo”. Yo, primera individuación humana y con ella la “historia espiritual” del alma en evolución y crecimiento creativo. Tu historia, la mía, “nuestra aventura divina” habría que decir más bien. He aquí, pues, tal vez, la mayor o de las más grandes revoluciones en la historia del ser humano. Luego vendrán otras no menos trascendentales.

Nos hemos referido evidentemente a ese momento del despertar de la humanidad en el que la evolución, por primera vez en la historia del universo (de este universo si queremos ser más precisos) empieza a ser de alguna manera dirigida, pero no sólo hacia fuera por las nuevas interrelaciones que se crean, sino fundamentalmente hacia dentro y desde dentro, puesto que los hombres y mujeres pueden ya pensar, dudar, tantear, imaginar, intuir, soñar y decidir, algo totalmente nuevo dentro del panorama evolutivo anterior; porque en las especies y realidades anteriores nada de todo esto había sido posible aún. Dicho de manera más taxativa y con las palabras del filósofo y antropólogo J. Rubio Carracedo: “con el hombre se produce un cambio radical en el mecanismo de la evolución: no sólo toma conciencia refleja de la corriente vital de donde procede, sino que llega a adueñarse de ciertos resortes que rigen precisamente el futuro de la marcha evolutiva.” (J, L. Rubio Carracedo, “Antropología prospectiva”, edit. Estudium, pag. 62)

Aunque si queremos ver situado al ser humano dentro del cosmos y en su perspectiva evolutiva universal con lo que es y representa, su sentido y significado, su esplendor y su belleza, su relevancia y su grandeza, nada mejor que leer lo que sobre él escribe Teilhard de Chardin en su libro “El fenómeno humano”: El ser humano –dice- “no es de ninguna manera un elemento perdido en las soledades cósmicas, sino que existe una voluntad de vivir universal que converge y se hominiza en él. El hombre, pues, no como centro estático del mundo –como se ha creído durante mucho tiempo- sino como eje y flecha de la evolución, lo que es mucho más bello….emergió de un tanteo general de la Tierra. Nació, en línea directa, de un esfuerzo total de la vida. He aquí la dignidad supraeminente y el valor axial de nuestra especie” (Teilhard de Chardin, “El fenómeno humano”, Edit. Taurus, pag. 49 y 229).


4.- Materia y Conciencia en la Realidad Una.

Esto sólo se puede comprender cuando se es capaz de ver la realidad como un Todo Orgánico desplegándose y no como una suma o conglomerado de elementos inconexos que aparecen, crecen y se extinguen cada uno por su parte. Ya en el mineral, aunque ello no lo pueda registrar nuestra mente tan poco hecha para estas sutilezas, el ser humano había dado los primeros pasos de su andadura; la parte mineral de nuestra conciencia allí estaba, como ocurre después en el vegetal y en el animal. Pero para aceptar esto tenemos que asumir que la división entre la materia y la conciencia es ficticia, algo que muchos científicos aceptan y que los místicos han podido experimentar, como es el caso, por ejemplo, de Leo Hartong que tan bien nos señala la unidad de origen de todo cuanto existe y su no diferenciación esencial.

Así es como Hartong nos describe lo que le pasó: “En mi caso, la experiencia sucedió cuando tenía veintiún años…Un inmenso espacio se abrió. Sería tan cierto decir que me expandí hasta abarcar la totalidad de la existencia como decir que yo había desaparecido por completo. La eternidad que yo creía que era un tiempo sin fin, se reveló como ausencia de tiempo. Todo estaba lleno de vida, incluso aquello que hasta ese momento había considerado objetos inanimados. Toda la existencia tenía un mismo origen y se veía que tanto el primer día de la creación como el último se encontraban presentes. El universo no era grande ni pequeño. Se revelaba simplemente como Uno…” (Leo Hartong, “Despertar  la verdad”, Edit.Sirio)

 Y, en cuanto a los científicos un botón de muestra: “Hemos de tener en cuenta –dice Rupert Sheldrake- que la propia materia, de acuerdo con la física moderna, no es más que energía organizada en campos. Estos campos…constituyen su propia esencia y no cabe establecer ninguna dicotomía entre campos y materia. Existen, eso sí, diferentes niveles de organización de campos: los campos de partículas de quantum están organizados por el campo atómico, después están los campos moleculares organizando los átomos y los campos celulares organizando las moléculas, y los campo de tejidos organizando las células…No es que haya nada inmaterial organizando las partículas, es que no existe la materia, en sentido tradicional” (Entrevista que el escritor F. Lopez-Seivane le hace a Rupert Sheldrake y que consta en su libro “Candidatos a la hoguera”, edit. por “Más allá, libros.).

Espíritu, Materia, Conciencia, Energía…Todo Eso como momentos, diferentes vibraciones, estados, perspectivas…de la Misma Realidad, y o diría: de “Lo Divino”.

Y, ahora, tras esta matización que pretendía comprender desde el fondo de la realidad misma el significado y entronque de esa “flecha de la evolución” de la que habla Teilhard,  inconcebible sin la unidad referida entre conciencia y materia y dentro también de los distintos niveles y reinos de la naturaleza, desde lo más elementales y sutiles a los más complejos, regresemos a Aurobindo en el que curiosamente podemos constatar aunque con otras palabras la misma idea “teilhardiana”, o sea, la que señala una fuerza y un impulso crecientes que desde el corazón de la Naturaleza e inscrito dentro de un movimiento total de la misma, y animando desde sus profundidades por “un secreto espíritu”, se dirige hacia la realización de un potencial que hallándose anidado en el mismo ser humano expresará como culmen y llegado un tiempo una nueva fase de sí: su ser divino. Así es como lo dice nuestro admirado Aurobindo:

“¿Y no será, por tanto, la Naturaleza solamente la fuerza de autoexpresión , de autoformación, de autocreación, de un secreto espíritu, y el hombre, por limitado que esté por su capacidad actual, el primer ser de la Naturaleza en el que ese poder comienza a ser conscientemente autocreativo al frente de la acción, en esa estructura exterior del ser físico, situado allí para configurar y hacer surgir en virtud de una creciente evolución autoconsciente todo cuanto pueda de su contenido humano o de su potencialidad divina? Esta es la clara conclusión a la que finalmente debemos llegar si admitimos como clave del movimiento total, como realidad de toda esta creación  ascendente, una evolución espiritual”(Aurobindo, “Renacimiento y Karma”, edit. Plaza y Janés, pag. 81).



5.-Más allá de la visión chata del universo, de nuestra realidad y de nuestro origen.

Qué lejos de todo esto se quedan las palabras del, por otros méritos y conceptos, inteligente, honrado y valorado Bertrand Russel, pero que, en cuestiones como esta que estamos tratando, con tan poco tino, dogmatismo acientífico y menos discernimiento supo ver y exponer al decir que: “el hombre es el producto de unas causas que no sabían el fin de lo que estaban consiguiendo…sus esperanzas y sus miedos, sus amores y creencias no son sino el resultado de disposiciones accidentales de átomos; que ningún fuego, ningún heroísmo, ni ninguna intensidad de pensamiento ni de sentimiento, puede preservar una vida individual de la tumba; que todos los trabajos de todas las épocas, toda la devoción, toda la inspiración, toda la brillantez del genio humano está destinada a la extinción con la muerte del sistema solar, y que todo el templo de los logros del hombre perecerá inevitablemente bajo los escombros de un universo en ruinas. Todas estas cosas, si no sin discusión posible, son ya casi tan ciertas que ninguna filosofía que las rechace puede tener esperanza de permanecer”.

            Aunque es verdad que existe una parte muy importante de la manifestación humana que más pronto o más tarde se extingue por cuanto que no forma parte de su esencialidad y por lo tanto de su ser, razón por la cual y en este sentido, nuestras obras con sus resultados de disolverán pasando a formar parte de esa misma “materia primordial” de la que surgieron, lo que significa que aceptamos una parte de lo que Russel dice, en cambio discrepamos radicalmente de esa accidentalidad que él cree observar en el universo así como su pretendida inconsciencia y ausencia de significado en el mismo. Pero dejemos que sean las palabras de otro, para nosotros gran científico y de reconocido prestigio, ya citado aquí, nos estamos refiriendo a Ervin Laszlo el que le desmienta:

            “…la cara del progreso no necesita ser tan fría, ni la cara de la caída tan trágica. Todas las cosas que Russel menciona no solamente no están más allá de cualquier discusión y no sólo no son ya casi ciertas, sino que puede que sean las quimeras de una visión del mundo ya obsoleta.”

Porque, y así es como continúa la brillante réplica de Laszlo, “La vanguardia de la nueva cosmología ha descubierto un mundo que no termina en ruinas y la nueva física, la nueva biología y la nueva investigación de la conciencia reconocen que en este mundo la vida y la mente son elementos integrales. Todos estos elementos se unen en el universo informado, un universo global, intensamente dotado de significado, piedra angular de un esquema conceptual unificado capaza de unir los diversos fenómenos del mundo: la teoría integral del todo” (Extracto sacado del libro de Ervin Laszlo “La ciencia y el campo akásico”, edit. Nowtilus, pag. 8)

Sencillamente, con Teilhard, Aurobindo y ahora con las palabras de Laszlo lo que uno siente y experimenta es expansión, alegría, amor, sentido, propósito, movimiento, creatividad, evolución…¡Vida que vive y ante la cual la vida que soy, que somos, vibra y se reconoce! Porque nuestro fondo sabe y nuestra conciencia que se autoevidencia señala. Cómo no experimentar una gran emoción y encaje ante esto. De Russel y Hawking, en cambio, lo que a uno le llega, -no a partes iguales, porque para ser justos con ellos tendríamos que repartirlas y matizarlas separadamente ya que se trata de personalidades muy distintas-, son sensaciones como de contracción, encogimiento, decepción, amargura retenida, tristeza y orgullo egocéntrico o, cuanto menos, las consecuencias de un racionalismo tan sujeto a los sentidos que les atrapa y limita.


6. Origen, Sentido y Propósito se comprenden y desvelan en la Conciencia.

Que hoy hasta los físicos como Steven Weinberg nos digan que la materia “ha dejado de tener un papel central en la física”, como el que el premio Nóbel Bohr nos diga que considera la vida como un fenómeno complementario a lo que puede verificar o probar la física cuántica que según él al fin y al cabo tan sólo describe los procesos de la “materia muerta” no sólo es muy importante por lo que en sí dice sino porque apunta hacia verdades que, a nuestro modo de ver, son de un orden y plano distintos al del mundo de la materia, la mecánica y, por supuesto de los cinco sentidos. Ese mundo hacia el que tal vez señalan es el mundo del Espíritu, la misma Fuente, el Fondo de todo.

Por otra parte, ese Origen tras el que vamos, por mucho que nos esforcemos en ello, no es alcanzable a través de procesos experimentales, tampoco racionales ni físicos a todos los cuales contiene. ¿Cómo encontrar Aquello que ya está en el que busca? Como bien dicen los filósofos del Vedanta: “El buscador es lo buscado”. Por eso, nadie “lo” halla.

¿Cómo descubrir lo que ya está en nosotros? Sólo cuando nos encontremos lo encontraremos. El punto de encuentro se llama Conciencia, nuestro ser real, o también “Dios en nosotros”. Quien descubre su Realidad Suprema puede ver ya lo que es el Origen del Universo, de todos los universos, su Propósito y su Sentido. Pero aquel que no ha entrado en contacto con su Conciencia sólo puede ver cosas, muy inmensas o infinitamente pequeñas, pero sólo eso “cosas”, materia muerta al fin y al cabo.

Ninguna ciencia que no integre la conciencia y que haga de esta su principal instrumento puede llegar a mostrar el Fondo de la realidad. Pero aquel que llegue a sentirse uno con su Conciencia ese sí que lo entenderá todo. El saber que perseguimos pertenece al terreno de los místicos, es decir de quienes han trascendido todo saber y ya han saboreado-sentido a Dios. Esto nos da el conocimiento de la Fuente, del Propósito, del Sentido del ser humano y del universo entero. Entonces se comprende todo.

El Propósito de todo existir es expresar la infinita riqueza de Dios. Todo lo demás es accidental, baratijas y distracciones de segundo, tercero o cuarto orden. ¿Qué sería vivir, pues?: “El ocurrir de Dios en mí y a través de mí”, esta es la única respuesta verdadera. A partir de ahí cualquier otra cosa forma parte de los complementos, y el peor de ellos se llama “ego”, sobre todo si a este lo tomamos como a nuestro ser real.

Ah!, ¿y donde se quedan aquí las casualidades? Las casualidades sí, esas “causas que no sabían el fin que estaban consiguiendo” y de las que tantas veces se habla y a las que nos hemos referido. Me parecen muy significativas, claras, oportunas y concluyentes lo que dice de ellas Herbert Fritsche y que encontré en una de mis lecturas:

            “La casualidad es el suave almohadón
             Sobre el que reposan quienes desean eliminar del cosmos
             Lo divino, lo significativo, lo que indica una meta a las criaturas,
             Prefiriendo la triste fábula de que el universo
             Se originó de paso,
             Completa y absolutamente por sí mismo,
             Más allá de cualquier realización de un sentido”.

            En realidad, el propósito, cualquier propósito, forma parte y es una pieza más del inmenso juego que jugamos en el tablero de Dios. Él, convertido en nosotros como fichas blancas o fichas negras en el infinito tablero que es el mundo, nuestro mundo, en donde todo se va disponiendo con la inteligencia y el saber propios de Lo Que El, el Todo Uno es. Así expresaba esto mismo un místico de nuestro tiempo, Leo Hartong, tal y como lo vivió en un momento de iluminación:

 “Mientras que, en un nivel relativo, el propósito de cada cosa era servir a todas las demás en un intrincado mosaico de perfecta armonía, la totalidad de la creación mostró estar más allá de cualquier propósito. Vi que es simplemente tal como es: su propia causa y su propia plenitud”.

En cualquier caso y siempre, dentro del Sentido y Propósito del Universo se encuentran inseparablemente unidos nuestros Sentido y Propósito tanto colectivos como individuales, los cuales se desarrollan a través de la experiencia del vivir, que el Maestro de Judo Robert J. Godet escenifica, a su modo, como una lucha de este arte marcial; y lo representa muy gráficamente así:

      En el Judo del Espíritu:
“El tatami es el Mundo.
            El Kimono es la mente.
            El cinturón es la voluntad.
            El vientre es el desapego.
            La atención es la conciencia.
            El adversario es uno mismo.
                                          
 (Del libro “El Espíritu de las Artes marciales”,
  Carmelo H. Ríos, ed. Obelisco)


MIS INTUICIONES Y CREENCIAS SOBRE LA VIDA EN EL MÁS ALLÁ; EXPLICACIÓN Y SENTIDO


       ¿Qué relación existe entre esta vida en el cuerpo físico, en un mundo material, y la otra vida, la espiritual, después de la llamada “muerte”? ¿Qué sentido tiene que existan esas dos clases de existencia?

            ¿No podríamos hacer el mismo recorrido hacia nuestra realización total, dentro de una sola y única vida, sin necesidad del “cielo”?

            ¿Qué nos aporta la vida en el mundo físico que no se pueda dar en el mundo sutil del espíritu? Y, al contrario, ¿qué podemos experimentar y vivir en el mundo del alma que sea diferente de lo que se pueda experimentar y vivir en el mundo denso de las cuatro dimensiones?

            ¿Por qué, en definitiva, esas dos realidades, la física y la espiritual?

            En muchas traiciones se habla del “Infierno”, ¿existe?, ¿qué sería?      

1.- El sentido de lo creado, el surgir de la materia densa, el alma y la conciencia de “yo”.

            Ya hemos visto en otro lugar de de estos escritos que Lo Real, Aquello Que Es, Dios, se exterioriza y crea, sólo por el puro deleite de ser; sin ninguna clase de necesidad, puesto que, en sí mismo, lo es y lo contiene todo. Ese Fondo, inteligentemente goza creando, de ahí el orden, la armonía, la estructura, la organización y la sincronicidad e interrelación de todo en todo. Por Puro Amor, sale de sí y se proyecta en el mundo, en todos los mundos y universos, en todos los seres, puesto que Amor es gozo en el ser, y, por lo tanto, en el ser que se prolonga en lo creado.

            El Ser del que todo emana es pura Conciencia, Conciencia “trinitaria”, es decir, conciencia-energía, conciencia-inteligencia y conciencia-amor. Conciencia y Espíritu son conceptos que se corresponden. La Conciencia-Espíritu juega el juego de las realidades manifestadas, en todos los mundos, universos y niveles de la realidad posibles, los pensados, los imaginados, los que vemos y los que aún son un puro potencial de ser y que simplemente aguardan que la conciencia se pose sobre ellos para “aparecer”.

            En este juego de la creación, el espíritu-conciencia se densifica hasta “volcarse-perderse” en la materia, lo creado-físico, y se “oculta” en ello. Antes ha creado un Mundo de Posibilidades aún no desarrolladas a través de lo que sería un Campo Potencial Divino, llamado también Punto Cero o Campo Akásico. Dese allí, de esa “nada llena” surgirán los primeros impulsos de existencia, las primeras vibraciones que aún pugnan por la materialidad, pulsaciones que igual que aparecen desaparecen, y que esperan disponibles un acto creador.

Y comienza el “Gran Juego”. Se plantean las bases para que, poco a poco, vayan surgiendo por evolución y complejidad las estructuras que llegado un tiempo harán posible que se construyan los decorados para que “El gran teatro del mundo” se haga una realidad. Ahora, la cuestión más importante va a ser la de descubrir el “argumento”, y el hilo conductor de esta inmensa, maravillosa, sorprendente y divina trama cósmica. Sólo entonces, y como consecuencia, podremos llegar a comprender el sentido, no sólo de nuestra existencia “en-el-mundo-material”, sino, también, de ese otro “mundo espiritual”, presente en casi todas las tradiciones, y al que en nuestra cultura le llamamos “cielo”.

Tanto el sentido de la evolución como su argumento parece que consisten, primero en avanzar desde la ignorancia más absoluta sobre el ser que se es hasta la autoconciencia de la plenitud de ser en la divinidad de la que nunca salimos, y, en segundo lugar, en vivir creativamente nuestro infinito potencial hasta establecer, como diría Aurobindo, la Vida Divina en la Tierra.

El medio e instrumento con el que la evolución-creación se haría posible son los mundos en donde nuestras almas o conciencia-energía individualizadas van, con sus respectivos cuerpos y en función de sus propósitos o necesidades kármicas “encarnando”.

Así es como cada cual interpreta su pequeña historia, una historia que aunque no lo parezca está entrelazada con infinidad de historias, todas las cuales se complementan, influencian y aportan su “función” para que el Plan Cósmico al que todos contribuimos se realice y se cumpla.

Como las posibilidades que la evolución de un alma afronta son infinitas, ni una existencia, ni muchas de ellas son nunca suficientes para cubrirlas. De ahí, surge la necesidad de la reencarnación. La muerte o extinción de la vida en el cuerpo físico sólo se presenta en este caso como un soltar el traje o vehículo que ya no nos es útil. Pero la vida continúa.

2.- ¿Qué le pasa al alma cuando nuestro cuerpo físico deja de servir? ¿Qué es el cielo? ¿Evolucionan nuestras almas en el cielo? ¿Hay distintos niveles en el cielo?

Existen unas pautas bastantes precisas, que al parecer y por regla general, sin excluir algunos matices, siguen todas las personas cuando dejan este cuerpo. Testimonios e investigaciones, sobre todo a partir de las Experiencias cercanas a la muerte las hay abundantes, los primeros con una profusión que supera los límites culturales, de tiempo, edad y creencias por parte de quienes las han experimentado, y las segundas porque son muchos los científicos que se han acercado a ellas con rigor hasta el punto de que les han llevado a afirmar, como por ejemplo en el caso de Pim Van Lomel, Jeffrey Long, Paul Perry y otros que se trata de hechos demostrables científicamente dada la profusión, contundencia, verificabilidad y contundencia de las pruebas que presentan.

Por otra parte, mi intuición y mi sentir me dicen que la supervivencia es un hecho, y que el paso de este mundo a otro al que podemos llamar “más allá”, “planos superiores” o, en general “Cielo”, es una realidad. Y, como nos ocurre con todas las realidades es bueno tratar de conocerla y comprenderla, pues esto, además de aportarnos orden y claridad en nuestros pensamientos, nos ayudará también, como consecuencia, a acercarnos con una actitud más positiva, esperanzadora y saludable ante una circunstancia que, más pronto o más tarde, todos tenemos que experimentar. Tratar de contribuir a ello es lo que de forma sucinta y un tanto esquemática estamos tratando de hacer aquí.

1.-El tránsito.

Es el primer movimiento que marca el paso entre la Tierra, con la vida en el cuerpo, y el Cielo, con la vida sin el cuerpo físico. Estos serían los rasgos más característicos registrados testimonialmente y ordenados por los investigadores.

a).-Por lo general se acepta que se está “muerto”, algunos no lo quieren aceptar, o les cuesta mucho hacerlo, tal es la viveza con que se experimenta el sentirse de verdad vivos.

b).- Queremos comunicar a nuestros seres queridos que continuamos vivos y que no deben de sufrir por nosotros, sino todo lo contrario.

c).- Algunos se quedan atrapados de manera enfermiza y obsesiva en las cosas dejadas de las que no se quieren separar, de tal forma que rondan durante mucho tiempo los lugares y circunstancias que habitaron.

d).- Los hay que quedan condicionados por sus remordimientos, cosas inconclusas, sentimientos de culpa, etc. A esto es a lo que se llama vivir el propio purgatorio, y si la cosa es muy intensa su infierno particular.

e). La preparación, creencias, actitudes internas y saber personal es el que determina la forma de vivirnos en esa primera etapa “postmortem”. Para muchos, a diferencia de los casos citados, la alegría, el gozo y la liberación pronto se empieza a manifestar.

f).- Recibimos enseguida y de forma automática toda la ayuda que vamos a necesitar, dependiendo de nosotros aceptarla o por nuestra ceguera e ignorancia demorarla.

g).- Instintivamente si salimos de nuestra obcecación por lo dejado nos encontramos ante una maravillosa, amorosa y dulce luz que nos llama y atrae. Tal es la confianza que nos da, que nos vamos acercando a ella sintiendo un ansia muy grande por entrar en su interior.

h).-En lo que dura este proceso en ningún momento nos sentimos solos, sino todo lo contrario.

i).- Nos dirigimos a la luz y entramos en ella; se trata del famoso “túnel” de luz del que hablan quienes han regresado del más allá. Es la vía que separa el Cielo de la interfase en que nos hallábamos, es un “paso entre dos mundos”.

j).- “Entramos” en el Cielo

2.- El Cielo

Nuestras almas, cuando las estructuras o cuerpos que habían tomado y de los que se servían “mueren”, “regresan” a un mundo nuevo, cuya sustancia es idéntica a ellas mismas. Es decir, vamos a un mundo espiritual, hecho con una sustancia espiritual para cuerpos igualmente espirituales. A ese espacio se le ha llamado tradicionalmente “Cielo”.

El Cielo no es propiamente un “lugar” que se encuentre en “otro sitio” distinto al de la tierra. De hecho, podemos decir que en un mismo “sitio” existen muchísimas posibilidades de existencia. Todo depende del nivel vibratorio de cada una de ellas. La Tierra con nuestras características es una, pero el Cielo es otra. Y es que, si aceptamos que la base de toda realidad es la conciencia energía y que lo que diferencia materialmente a cada “mundo” es su nivel vibratorio, podemos afirmar que el cielo se diferencia de la tierra porque su nivel vibratorio es muchísimo más sutil que el nuestro; por eso, no puede ser constatado por los sentidos físicos, lo mismo que le pasa a nuestra alma. Esa diferencia de frecuencia vibratoria es lo que hace que no exista entre cielo y tierra un problema de espacio, como tampoco existe problema para las muchísimas emisiones de radio, televisión, Internet, telefonía, etc…que ahora, en este mismo instante, surcan los aires y que se hallan, sin interferir entre ellas, en el mismo “sitio”.

Pero no sólo eso, hay algo aún más importante. El mundo del espíritu no está sujeto a las determinaciones del espacio físico ni tampoco a las del tiempo. En el cielo, se vive bajo los principios de la “no localidad” como ocurre en la física cuántica; sencillamente, allí el espacio ha dejado de ser un problema y también el tiempo. En el cielo se existe “más allá” del espacio y del tiempo, los cuales ya no nos son necesarios para vivir.

Así como en este mundo, espacio y tiempo son las coordenadas físicas sobre las que nos movemos y sin las cuales nos sería imposible existir, en el “cielo”, y aunque desde aquí resulte difícil de entender, lo más “natural”, “espiritual” habría que decir tal vez, es la mente. Allí, nuestra existencia transcurre bajo coordenadas mentales las cuales marcan los parámetros en cuyas condiciones todo se desenvuelve. Los parámetros del mental se ajustan al principio de la “no localidad”, y por lo tano del no tiempo, tal y como veremos.

Sin la pauta de la dimensión tiempo lo real es muchísimo más vívido. Y lo vívido por excelencia es Lo Divino que es la misma Vida. Pero, por si alguien aún se resiste a creer que se pueda existir sin el tiempo, he aquí lo que dice el maestro Eckhart sobre el tiempo:

            “Alégrate en Dios todo el tiempo, dice S. Pablo. Se alegra todo el tiempo, quien lo hace por encima del tiempo y libre del tiempo. Tres cosas privan al hombre de conocer a Dios. La primera es el tiempo, la segunda es la corporalidad, la tercera es la multiplicidad. Para que Dios pueda entrar, estas cosas deben salir – de no ser que las tengas de un modo más elevado, mejor: la multitud resumida en uno en ti”.


3.- La vida en el Cielo.

En el Cielo nos encontramos con nuestra verdadera naturaleza, sin ninguna clase de lastres. Allí experimentamos el puro amor-felicidad, la inteligencia-sabiduría y la energía-fuerza que son los constitutivos esenciales de nuestra alma; lo que ocurre, es que el grado en que nos vivimos en esas cualidades esenciales depende del desarrollo alcanzado por las mismas como consecuencia de las experiencias y situaciones que elegimos previamente vivir en la tierra. Allí disfrutamos y gozamos de la existencia en función de nuestro mundo personal, sin más límite que aquel que nuestra misma mente pone.
           
En el Cielo vivimos un tiempo como de descanso, lo más parecido a un período de vacaciones, en el que nuestra actividad, al menos como se experimentaba en la tierra alrededor del trabajo, el esfuerzo y el sufrimiento se suspenden momentáneamente. Tenemos las actividades, las relaciones, las diversiones y las tareas con las que mejor sentimos nuestra plenitud interior. A ellas nos entregamos.

Todo esto se realiza sincrónicamente, sin que nadie interfiera negativamente con nadie. Digamos, que todos colaboran a la realización del conjunto. La creatividad como expresión del potencial de cada cual, según las múltiples facetas que en cada uno pueda tomar, es la tarea básica que allí se vive y manifiesta. El cielo es una explosión festiva del arte en todas sus formas y de la alegría de ser en todas nuestras posibles manifestaciones. Allí nada es trivial, insignificante, ni anodino, es más, lo trivial, insignificante y anodino se vuelven luminosos, radiantes,…y trascendentes. Un simple paseo se vuelve una experiencia sublime.

La clave consiste en que, sin tiempo, sólo se vive en Presente, en el que el pensamiento ya no interfiere para nada y sólo el vivir de la vida ocurre donde queremos y en el instante deseado. A esto nos referíamos al citar antes el principio tomado de la física cuántica de la “no localidad” según el cual todo está en todo de manera potencial y siempre. Todo está interrelacionado; basta que nosotros lo traigamos con nuestra mente a “nuestro mundo” para que ocurra. Esto, que es tan difícil que se de en la Tierra, en el cielo sucede de la manera más natural posible. Allí, los deseos son realidades.

Tal vez nos puede resultar esto muy extraño si no imposible, e igualmente difícil de explicar, por eso es tan importante que no nos olvidemos de una realidad: la vida en nuestra dimensión físico-terrestre tiene muy poco que ver con la vida en el cielo, ya que se trata de mundos que funcionan según leyes y principios distintos, igual como ocurre entre el mundo cuántico y el mundo físico normal. Con la particularidad de que todo indica que existen muchos paralelismos entre las leyes de la física cuántica y las de la realidad espiritual que se vive en el cielo. Diríase, por lo que estamos exponiendo, que el mundo del cielo tiene mucho que ver con los mecanismos de funcionamiento y aparición de la realidad tal y como son descritos  por la física cuántica; veamos si no, lo que Lynne Mctaggart en su libro “El Campo” nos dice al respecto:

“En la física cuántica se descubrió que el estado probabilístico de cualquier partícula se colapsa en una entidad fija en cuanto es observada o medida. Para explicar estos extraños sucesos, los físicos cuánticos han postulado la existencia de una relación participativa entre el observador y lo observado: hasta que son “perturbadas”, estas partículas sólo tienen cierta “probabilidad” de existir, y el acto de observarlas y medirlas las obliga a adoptar un estado determinado; un estado similar a solidificar la gelatina. Esta asombrosa observación también tiene implicaciones abrumadoras respecto a la naturaleza de la realidad. Sugiere que la conciencia del observador trae al ser al objeto observado. Nada en el universo existe como una “cosa” real e independiente de la observación. Estamos creando nuestro mundo cada minuto de cada día.

La conciencia del observador en el Cielo “colapsa”, es decir, trae a la realidad” instantáneamente todo aquello que se desea. Así ocurre y así se vive.

4.- ¿Crecemos en el cielo? ¿Evolucionan allí nuestras almas?

            Si, por una parte, en síntesis, el Plan general que sigue nuestra alma se sujeta a las pautas de crecer y evolucionar hasta desarrollar todo su potencial divino, descubrir y despertar hasta reconocerse en la unidad con Dios, crear y realizar la vida divina en la Tierra, y gozar en el deleite puro de ser, por otra parte podemos decir que, mientras aquí en nuestra dimensión encarnada llevamos poco a poco la consecución de tal proyecto, en el Cielo, como en un interregno, gozamos ya, según nuestro nivel alcanzado, de la “vida divina”, una vida divina no completa aún pero sí a partir de las condiciones esenciales del ser y sin las negativas interferencias del ego.

            No sería el Cielo, en esencia, un lugar donde aprender y crecer. La “Escuela” propiamente se encontraría en la tierra, con todas las dificultades, pruebas y obstáculos a superar dentro de lo que sería el inmenso “juego cósmico” de Lo Divino que cada cual voluntariamente realiza. Esto, que es lo que yo intuitivamente creo, coincide con la idea que sobre lo mismo tiene el destacado físico cuántico Amit Goswami, quien en su libro “Ciencia y espiritualidad” razona el por qué en el Cielo nuestra alma no puede crecer; y lo dice de la siguiente manera:

            “La mónada cuántica (alma)…no puede crecer espiritualmente…y por lo tanto no puede ser liberada mediante un trabajo espiritual en los cielos. Transporta el condicionamiento y aprendizaje de la encarnación previa, pero no puede añadir o sustraer nada mediante un esfuerzo creativo, cosa que sólo puede hacerse en la forma manifiesta  y terrenal. ¿Por qué? Porque no existe colapso de ondas de probabilidad cuántica de una mónada cuántica (alma) desencarnada sin la ayuda de un cuerpo físico correlacionado” ( Edit. Kairós, pag. 141)

            Dicho de otra manera, tal y como yo lo comprendo: siendo el cielo un “medio divino”, perfecto como tal, que así se vive y experimenta, desde el ser, es decir, sin ego, y siendo que el ser en sí ya es bienaventurado, o sea, puro amor-gozo, pura inteligencia-sabiduría y pura energía, en ese caso, pues, no hay lugar para el contraste entre lo que vivo y lo que me falta, entre lo que tengo y lo que no tengo o entre mi grado de desarrollo y otro superior, ya que aparentemente lo tengo ya y lo soy todo. El movimiento y el cambio en el cielo se dan no para compensar carencias, como pasa en la Tierra, sino por el sólo y puro disfrute de ser. En tal caso, la necesidad de crecimiento y desarrollo es lógico que ni se plantee.

            Me atrevo incluso a creer que la línea divisoria existente entre el Cielo y la Tierra llegará un momento en que dejará de tener sentido: a nivel individual, para quienes ya han realizado o realicen la Vida Divina o Reino de Dios en su interior, los seres despiertos, los iluminados, los santos; y a nivel planetario o cósmico cuando hayamos realizado esa misma Vida Divina en la Tierra, en otros mundos o en otros universos. En tal sentido, en el Yogavasihtha se lee:

            Turbada o quieta, el agua es siempre agua. ¿Qué diferencia puede producir la encarnación o desencarnación para los liberados? En la calma o la tormenta, la identidad del Océano no sufre cambio”.

            Porque, añadimos nosotros, para tales seres en cualquier “sitio” se está en el mismo “Sitio”, es decir, en la plenitud del  Ser, en el Todo Uno de Dios.

           

5.- ¿Al llegar al Cielo estamos solos, nos recibe o acompaña alguien? ¿tenemos a quien nos guíe u oriente?


Por comparación y siguiendo una lógica previa, la misma que hizo que al nacer a este mundo se nos recibiera y acogiera por nuestros seres queridos, deduzco lo que en realidad nos ocurrirá después. Intuyo que nuestro nacimiento en el lugar y con las personas que fueron nuestros padres y familiares no tuvo nada de casual, no se nos concibió más que en la medida en que nosotros libremente vinimos. Llegamos a donde un grupo de almas con las que teníamos cierta clase de vínculos y de compromisos para crecer juntos, además de reunir los requisitos que nosotros y ellos necesitábamos para llevar a cabo dicha tarea, nos esperaban. Esto es lo que hicieron de forma particular nuestros padres; ellos con nuestros familiares nos recibieron.

En sentido inverso, al abandonar nuestro cuerpo terrestre, también intuyo que seres muy vinculados a nosotros, lógicamente, de parecido modo saldrán a recibirnos enseguida que tengan conocimiento de nuestra llegada; ellos nos acogerán con gran gozo y alegría. Parece que debe de ser así, y así lo atestiguan quienes dicen haber accedido a esos niveles de visión, bien a través de una experiencia cercana a la muerte, bien por sus dotes de videncia o por su capacidad de entrar en esos planos de realidad, como sería el caso, por ejemplo, de Anne y Daniel Meurois Givaudan, quienes en su hermoso libro “Crónica de un acompañamiento” (Ediciones Luciérnaga, pag.160) , describen lo que ellos mismos han presenciado, -“gracias a una habilidad para salir del cuerpo” que ellos utilizan-, del encuentro real entre la protagonista Elisabeth y sus seres queridos una vez que esta ha abandonado definitivamente su cuerpo y se halla en los planos superiores de la realidad, al otro lado del “velo” y a punto de entrar en el Cielo. Los entrecomillados son expresiones de Elisabeth, lo demás son comentarios de Anne y Daniel que la acompañan:

“¿Donde estáis?...esta luz…¡oh es ÉL, es un Sol que viene a buscarme…”

Algo ha cambiado en la percepción que tenemos de nuestros propios cuerpos sutiles. Sus átomos vibran con más intensidad…tal vez como si todos ellos se volvieran conscientes de su propia onda. Comprendemos, sentimos que la transformación y la ascensión de Elisabeth nos aspiran y nos imprimen este movimiento que es suyo. Por eso hace falta que nos abandonemos a él, que nos dejemos conducir con total confianza, para dar testimonio hasta el final del gran viaje del alma.
……………….

“Escuchadme, escuchadme…¡oh sí, existe ese maravilloso corredor al final del cual el Sol nos está esperando…creía estar cegada por esta blancura, tan blanca, sin embargo hay tanto gozo en ella…….”
“Mamá, ¿eres tú?¿me estabas esperando?.....”
“Entonces…¿sabías que venía?”
“Todos lo sabíamos…no imaginas cuán numerosos somos los que te esperábamos”
…………………..
“No era sólo mi madre quien me esperaba en la luz, al final del corredor largo. También mi padre y mi hermano y todos mis parientes y amigos de antaño que acechaban mi llegada a la casa…¡como para una verdadera fiesta!”
…………………..
“Ahora sé bien que no es un sueño, sino otra cara de la realidad.Vi a dos seres de luz que me cogían de la mano hasta un lugar muy blanco.Yo sabía que era fuera del tiempo, fuera de todo, y que era la parte más fina de mi ser, algo más que la antigua Elisabeth quien lo vivía”

Otra cosa es lo que ocurre una vez que ya se han realizado estos encuentros, después de los cuales y también como parece lógico, y así en el mismo relato se vislumbra, cada ser se dirige, acompañado por “seres de luz” o guías, hasta lo que será el nuevo hogar mientras dure su estancia en el Cielo.

6.- ¿Hay niveles en el cielo?, ¿en cual de ellos nos colocamos cada cual?, ¿qué seres los habitan?

Ya lo hemos respondido de alguna manera. Entiendo que sí que los hay. Una selección espontánea en base a grado de conciencia, sintonías, vibraciones, pureza, despertar espiritual, actitud de servicio, entrega y evolución dentro del Plan Evolutivo es la que establece, entiendo yo, la existencia de los distintos “mundos” celestiales, los cuales, por lo demás, también son recogidos por bastantes tradiciones y concepciones religiosas a lo largo de la historia de la humanidad.

Personalmente estoy firmemente convencido, también, de la existencia de seres muy sublimes que trabajan desde los planos superiores con el fin de ayudar a los seres humanos en su evolución espiritual, seres cuya luz y amor hasta al mismo sol deslumbran. He aquí lo que el gran poeta y místico Jalal-uddin Rumi escribió a este respecto:

“Morí mineral y me convertí en planta.
Morí planta y me levanté animal.
Morí animal y fui un hombre.
¿Por qué temería? ¿Cuándo mengüé muriendo?
Una vez más moriré como hombre y me elevaré
Con los benditos ángeles; más también de la angélica
Condición pasaré. Todo, salvo Dios, perece.
Cuando haya sacrificado mi alma de ángel,
Me tornaré en aquello que ninguna mente jamás ha
Concebido.
¡Oh, no exista yo! Pues la No Existencia proclama:
   “A Él volveremos”


7.- ¿Qué hay del llamado Infierno?

   También como el Cielo es un “lugar” que se mueve bajo parámetros mentales de no tiempo y de no localidad espacial cuántica, donde la creencia sobre lo que somos y creemos merecer determinan nuestra estancia y experiencia. A diferencia del Cielo donde los seres viven desde su esencia como luz-inteligencia, amor-gozo-felicidad y fuerza-energía a partir de la cual crean su hogar y hábitat que sólo está teñido, como consecuencia, de pura positividad y dicha, en el Infierno las condiciones cambian.

Quienes se instalan allí, lo hacen desde la fuerte identificación con su negatividad, y especialmente con su culpa. El fuerte rechazo interior hacia la luz y lo divino con un enganche muy fuerte a las características egoístas de la personalidad, sumados al recuerdo muy vívido de acciones realizadas contra la humanidad y la vida, retienen en un mundo de sufrimiento y penar a quienes así han vivido. Es nuestro propio sentir el que crea ese Infierno, del mismo modo que un sentir más limpio y luminoso nos abre al Cielo.

Nadie nos juzga ni nos condena fuera de nuestra propia mente. Y nuestro nivel de conciencia nos hace vivir el correspondiente nivel. No es esto otra cosa más que el cumplimiento lógico del evolucionar de nuestras almas mientras permanecemos ligados a la ley de causa y efecto.

También el Infierno se comparte con otros seres o almas de nuestro vibrar.

Pero no hay problema, también de nuestro particular Infierno se sale. Nada en quienes somos esencialmente Hijos de la Realidad Suprema puede ser un fracaso. Todo, hasta lo que parece más indigno y repulsivo, desde la mirada de La Conciencia o del Ser Divino es bello. Todo es parte del Gran Juego Cósmico. Sólo nuestra mente nos confunde y engaña, y a todo nos llega en un momento u otro nuestra reconciliación y despertar.

Todos los seres de luz, todas las Grandes Conciencias están deseando y empujando para que abramos nuestros ojos y miremos también la claridad de la autocompasión, del perdón, de la misericordia y del reconocimiento de nuestro verdadero ser. Cuando ese instante llega quienes han permanecido en ese Infierno entran en su Cielo particular, en la experiencia resplandeciente y amorosa de su alma.

8.- ¿Durante cuanto tiempo permanecemos en el Cielo o en el Infierno?

Por ser lugares más allá del tiempo, su duración no tiene nada que ver con la nuestra. Un instante puede ser la eternidad misma y viceversa. Pero con todo eso, existe ese momento en el que nuestra alma siente de nuevo la necesidad de evolucionar. Es entonces cuando se sale de allí, y, por supuesto, no nos faltarán quienes nos orienten y conduzcan hacia lo que será nuestro nuevo nacimiento.

Dice San Bernardo:

“La criatura espiritual que somos tiene necesidad de un cuerpo, sin el cual no podría en modo alguno alcanzar ese conocimiento que obtiene como único modo de aproximación a las cosas por el conocimiento de las cuales de las cuales llega a ser bendita”

Y en el vivir nos instalamos…

9.- Y la Vida Continúa, creando formas, creando universos, creando existencias.

            Nada mejor, una vez que hemos nacido que procurar descubrir nuestra realidad, el propósito y fin de nuestro nacimiento, el sentido de nuestra existencia. Ningún fin puede ser más grande que, por un lado, el conocimiento de nuestro Ser, la Fuente de nuestra realidad y, por otro, descubrir cual es el mejor modo de aplicar todo nuestro inmenso potencial al servicio de la Humanidad.

            Sólo cuando nos hemos limpiado del protagonismo de nuestro ego, con un verdadero trabajo interior, lo que se llama una sadhana o trabajo espiritual, se puede dar esto. Entonces, viviremos desde nuestro Ser y a su servicio, que es lo mismo que al servicio del Plan Divino de Luz, Amor y Creatividad para la Tierra.

            Como broche final, dejo ahí dos perlas que bien nos pueden redondear todo cuanto hemos dicho. Por una parte, lo que se puede leer en el Srimad Bhagavatam:

            “Habiendo logrado nacer humano,…el hombre prudente, dejando toda vanidad a los que son vanos, debería esforzarse en conocer a Dios, y sólo a Él, antes de que la vida pase a la muerte”.

            Y ahora, lo que escribe Deepak Chopra en su precioso libro “Jamás moriremos”, Santillana Ediciones:

            “…Somos primero mente y espíritu, y eso hace que nuestro hogar se encuentre más allá de las estrellas….El hecho de saber que algún día regresaré al campo para encontrar mi fuente me proporciona una confianza inconmensurable con respecto al propósito de la vida…Mi fe se renueva cada vez que existe un momento en que soy testigo, en que puedo tocar el silencio de mi propio ser”



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            OBSERVACIÓN FINAL:

He escrito esto sólo con la finalidad de aportar algo a quien le pueda de verdad ser útil y beneficioso para su crecimiento. Si es así y crees que puede también ayudar a alguien más se lo compartes.