martes, 20 de marzo de 2018

¿Qué es Lo Real?, ¿qué es la Realidad?


¿Qué es Lo Real?, ¿qué es la Realidad?

            El existir es ahora. Si el existir no existiera ahora no podríamos decir esto mismo que estamos manifestando. Esto es obvio y así, con independencia de que estemos soñando o despiertos, cuerdos o locos, interpretando bien o interpretando mal. Este instante está sucediendo y eso nadie lo puede negar, porque incluso si lo negara lo estaría afirmando y corroborando. No nos podemos escapar a esta evidencia por mucho que nos empeñemos en ello. Existimos. Este instante existe, es.
            Ahora bien, en este existir se pueden distinguir dos planos bien definidos, y decimos esto porque por poco que nos fijemos nos daremos cuenta enseguida de que hay por una parte un movimiento de cosas que suceden, de elementos que se contienen, de personas que van y vienen. Es el plano que podríamos llamar de los contenidos, ninguno de los cuales es fijo, ni estable, ni permanente.
            Como consecuencia, si es cierto, como lo es, que existe este plano, ¿no tiene que existir por necesidad ontológica, metafísica o como le queramos llamar ese otro plano que lo sostiene?, si no, ¿sobre qué base se iban a apoyar o sostener todos esos contenidos? Ya hemos dejado entrever que ellos son relativos, dependiendo de tiempo y de las circunstancias, y que por eso mismo son impermanentes, es decir, no sustanciales, no esenciales en sí mismos. Esto quiere decir que nacen y desaparecen sobre/en un plano o fondo que los sostiene y les permite ser.
            Pero, ¿cómo podemos demostrar la existencia o realidad de ese plano/fondo esencial que es el que contiene todo cuanto existe?
            Veamos: todos nos damos cuenta, evidenciamos de muchas maneras objetos, infinitos objetos de infinitas formas y de innumerables variedades. Allá donde fijamos nuestros sentidos percibimos objetos, nos encontramos con ellos, así podemos contemplar nuestro universo, los infinitos universos, sus galaxias, soles.., y bajando bajando a los átomos, sus partículas constituyentes…, También de la misma forma nos es posible contemplar los hechos acaecidos y los que están sucediendo, como la caída de una hoja, la risa de un niño, o la aventura de la humanidad entera. Todo eso son “objetos” por cuanto nos podemos distanciar de ellos, observarlos, analizarlos, darnos cuenta de ellos.
Pero también podemos ir más allá de nuestros sentidos físicos y entonces podemos observar los pensamientos, las emociones, los sentimientos y todo aquello que ocurre dentro de ese mecanismo, y por lo tanto, objeto también, que es nuestra mente.
            Y ahora, en este punto, supongamos que todo eso, los infinitos micro y macromundos, todo lo observable que va y viene lo vamos quitando, lo vamos apartando como quien prescinde una a una de las fichas de un tablero, hasta quedarnos sin ninguna ficha, es decir, sin ningún objeto. ¿Lo podemos hacer?, y ¿qué es lo que queda? Nada, evidentemente que nada, pero una nada que consiste en “sin objetos”, o sea nos queda un “no objetos”.
            Entonces nos surge la pregunta: ¿qué es una “nada” sin objetos?, ¿es acaso una no existencia? Decir que sí significaría que entendemos por real y existencia a la cualidad de los objetos, o sea estaríamos afirmando que lo real son los objetos de “fuera” y los contenidos mentales de “dentro”. ¿Pero no son todo eso contenidos de nuestra conciencia?, evidentemente que sí, pues es en ella o gracias a ella por lo que nos damos cuenta de su existencia y realidad. Luego…
            Sí, evidentemente, luego la conciencia que se da cuenta es la que queda cuando quitamos todos los objetos imaginables y los no imaginados también. Entonces ¿se puede decir que esa Nada, Vacío o Campo Cero que es el que quedaría al prescindir de todo “objeto” es la misma Conciencia?, ¿qué otra cosa puede ser si no?
            A no ser que se diera el supuesto de que existen cosas, o sea, “objetos” fuera de la conciencia. ¿Es esto posible?, ¿es posible y real la existencia de una no conciencia? No es posible, porque lo existente lo es en la medida en que hay una conciencia que se da cuenta de ello. Algo de lo que nada se da cuenta, ni siquiera ello mismo de sí no existe, no es real.
            Definitivamente: sólo la conciencia es real.
            ¿Y todo lo demás qué es?: contenidos de conciencia, que por ser ella lo único real sólo pueden nacer de ella. Todo lo que decimos que existe ha nacido, pues, de la Realidad Una, esto es, de la Conciencia.
            Y por ser la Conciencia lo único real, nada de cuanto existe está fuera de ella, todo es en la conciencia, participando de ella, sea un electrón o incluso una piedra.
            Porque como hemos dicho en otro lugar: todo son pliegues en/de la conciencia, formas de la conciencia, modos de ser la conciencia.
            Vale lo mismo si en lugar de la palabra Conciencia, utilizamos la  de Ser, o Dios.
Todo son formas o modos del Ser, de Dios.

viernes, 2 de marzo de 2018

Reproducimos nuestro mundo mental.



            Según sea nuestra mente así será nuestro mundo y así lo viviremos. La realidad que vivimos y que percibimos es la que filtra y reproduce nuestra mente, no existe otra realidad para nosotros que aquella que nuestra rejilla mental permite que veamos y vivamos. Esto no es muy difícil de ver y de comprobar una vez que nos paramos a observar cuál es la idea real que tenemos de nosotros mismos y luego la comparamos con lo que nuestro vivir cotidiano nos muestra. Veremos cuando hacemos esto que este último se acopla perfectamente a aquella idea.
            Digamos, que la vida como si de un corderito se tratara sigue los patrones de nuestra mente, los confirma y valida, sean los que sean, porque es en nuestra mente donde se halla el diseño de nuestra realidad experiencial. Por eso no funciona el empeño nuestro de querer cambiar nuestra realidad exterior si previamente no hemos cambiado el dibujo que sobre nosotros mismos llevamos grabado en nuestra memoria. Querer cambiar nuestro mundo sin que nuestra idea de nosotros, lo que hemos de vivir y cómo se hayan transformado previamente es tan inútil como querer cortar el viento con unas tijeras.
            Nos quejamos de los demás, de las circunstancias o de la suerte cuando no vivimos como nos gustaría vivir ni tenemos lo que nos gustaría tener, sin darnos cuenta de que cuanto vivimos y tenemos lo hemos creado y atraído nosotros mismos, limitándonos a reproducirlo y una y otra vez del mismo modo que esos clásico cartones perforados que movidos por una manivela y  a su ritmo van interpretando monótonamente a lomos de un típico organillo las viejas canciones troqueladas.
            De ahí que sea la idea que tenemos de nosotros mismos grabada a sangre y fuego en nuestra mente la que tenemos que cambiar si queremos que nuestra vida cambie, o también, deberemos de cambiar nuestro modo de interpretar eso vivido y experimentado si es que queremos sentirnos de otro modo y mejor mientras esa vida externa no cambie. Ambas formulaciones que proponemos son compatibles y válidas para vivirnos de un modo renovado, positivo y gozoso. Dicho de otro modo: o cambiamos radicalmente el programa mental, es decir, el guión que nos hemos asignado, o cambiamos nuestro enfoque conciencial e interpretación de lo que vivimos. Estas son las dos alternativas posibles a nuestro alcance.
            Consecuencias inmediatas de una o de otra interpretación:
            En el caso de que optemos por cambiar el guión de nuestra mente lo primero que asumimos de entrada es que los demás son inocentes de lo que nos pasa, por lo que los exculpamos, de modo que asumimos en nosotros el 100% de la responsabilidad de nuestra vida. En segundo lugar, buscamos nuestro punto de autenticidad interior para que lo que sea que surja fluya acorde con nuestro ser original y no con la carga de nuestro pasado kármico, dando paso al nacimiento de una vida nueva.
            Y en el caso de que optemos, como en el segundo caso, por colocarnos en un nuevo enfoque de conciencia que me permita considerar la realidad de manera diferente, por ejemplo viéndola como lo que es, un puro teatro escénico en donde pongo a prueba mi potencial creativo, además de que me sirve para experimentar personajes con los que aprender, sanar heridas y evolucionar, pues también como en el caso anterior descargo a los demás de responsabilidades al saber y asumir que sólo interpretan el papel que en mi obra les he dado o libremente han tomado. Pero sobre todo, y esto es lo más importante, tomado distancia me desidentifico del drama y me recobro como lo que soy: un foco de luz radiante, amor y poder sin fin.
            En cualquier caso y definitiva, de lo que se trata es de que como conciencia que somos, al final salgamos de la prisión de nuestro esquema mental o del propio teatro vivido para colocarnos internamente en el protagonista que somos hasta descubrir nuestro ser esencial, la planificación así como el sentido de la obra, y al director definitivo y único de esta como de cualquier obra escénica en la que intervengamos.
             


jueves, 1 de marzo de 2018

El plan del alma.



            Nos encontramos en el Camino,  constantemente. Esto es lo natural en nosotros. Otra cosa diferente es que nos demos cuenta o no de ello. Estar en el Camino comporta que por poco que observemos y profundicemos en nuestras vidas lo que encontraremos en ellas es una intencionalidad esencial. Esa intencionalidad es una de las características más importantes que nos diferencian de las demás especies.
            Nuestra intencionalidad no es instintiva, quiero decir que no es ciega sino que va acompañada por una voluntad emergente que nos dirige y conduce hacia horizontes que van más allá de lo límites que le pudiesen marcar la propia especie. O sea: podríamos decir que nuestra intencionalidad está siempre abierta y apunta hacia metas y horizontes que constantemente nos trascienden. De ahí esa ansia tan característica en los humanos de experimentar cierta insatisfacción básica, que es la que nos convierte a todos en buscadores.
            Porque el ser humano a diferencia del resto de los animales se resiste a ser mortal y persigue sobre todo y allá en el fondo de cualquiera de sus movimientos su inmortalidad. Y para esto tiene un Plan que está inscrito en el corazón  de nosotros mismos, en lo que podríamos llamar nuestro ADN espiritual. Es ese Plan el que vamos desarrollando de menos a más conciencia y vida tras vida, hasta realizarlo.
            Realizar ese Plan de nuestra vida es a lo que llamamos Realización del ser que somos, y es lo único que nos puede liberar de cualquier frustración, vacío o insatisfacción radical.
            El Plan de nuestra vida es propiamente el plan de nuestra alma que es la que lo va a desplegar y desarrollar. La razón de que esto sea así es la de que nosotros como almas individuales somos gérmenes embrionarios de un potencial infinito que como partes de un holograma total nosotros contenemos. El Holograma total es el Dios Uno o Realidad Una, completa en sí misma y que cada alma en el centro de sí misma lleva impreso, lo que viene acompañado a su vez de la tendencia o impulso irrefrenables hacia la experiencia y realización de esa Realidad Una.
            Como almas somos un centro o un punto de conciencia por donde la Totalidad divina se asoma o se vierte. Por eso nuestro vínculo con el Ser Uno es total, indivisible y continuo. De hecho es eso lo que somos: focos del divino, o también olas de su Océano, de modo que tanto, ambos, el foco como la ola contienen todo lo que el Centro de Luz o el Océano contienen.
            Pero mientras tanto, el alma no despierta sabe de su finitud y quiere salir de ella, conoce sus límites y los quiere trascender, experimenta sus carencia y vacíos y los quiere llenar. Entonces, para conseguir esto dispone de un Plan, que progresivamente irá descubriendo y realizando, porque estas dos acciones, la de descubrir y realizar son la parte esencial del Plan y son las que dan sentido al Camino.
            ¿Y cuál es la esencia de ese Plan? Vamos a sustanciarlo en dos partes esenciales. A la primera parte le llamamos conocimiento y a la segunda realización. Pasemos, pues,  a ver en que consiste cada uno de estos aspectos.


lunes, 26 de febrero de 2018

Todos los seres somos modos del ser Uno.



Si todo es el Ser Uno, ¿qué es todo lo demás?
Expresiones suyas, algo que nace desde dentro del ser sin dejar de ser ese mismo ser ni separarse de él. Es todo tan sencillo, tan lógico, tan simple…
Todo, todo se podría ver:
a).- Como “pliegues” en el “vestido” del Ser Uno
Veámoslo a través de algunos ejemplos.
Ejemplo nº 1.- Supongamos que la Realidad Una es una tela de dimensiones infinitas, sin bordes, sin límites. Eso es lo que llamamos el Todo.
Pues bien, cada uno de los diferentes seres serían como pliegues que aparecen en la tela con estructuras, cualidades y formas distintas, pero sin dejar nunca de ser tela.
Ejemplo nº 2.- El infinito Océano como siendo esa misma Realidad Una, mientras que las olas, ninguna de las cuales es igual a la otra, sería la expresión en el mundo de las formas de su fuente siempre esencialmente presente en cada una de ellas.
b).- Como “ventanas” por donde mira el Ser Uno.
Muchas veces me he imaginado la realidad como si fuese un inmenso edificio todo él iluminado desde dentro por una potente luz que surgiera por igual desde cada uno de los puntos de su interior y a su vez de la totalidad misma.
Luego he visto desde el exterior la imagen de esa luz saliendo y proyectándose hacia fuera a través de las infinitas y diferentes ventanas del edificio. Idéntica luz, pues, siempre, la Luz Una, si bien a los ojos de un observador ignorante de su procedencia real se podía interpretar erróneamente como si se tratase de manifestaciones lumínicas de distintas procedencias, seguramente una por ventana.
Sorpresa inmensa la que se lleva, cunado al penetrar en el interior del edificio, - lo que de verdad encuentra es La Luz Una (el Ser Uno) sin anular por ello la diversidad ni la particularidad de las “ventanas”-cada ser o alma real-.
c).- Como focos o centros de conciencia del Ser Uno.
Decir Ser Uno equivale a decir Conciencia Una. Ser y Conciencia son términos idénticos. La cualidad esencial del Ser es la Conciencia. Siendo esto así de igual modo lo que el que cada ser es un foco de conciencia del Ser Uno.
d).- Modos de ser del Ser Uno.
El ejemplo ya clásico sobre la multiplicidad de formas, dimensiones, diferentes pesos y características tan distintas que el mismo mineral de oro adopta al transformar su masa inicial en una extensa variedad de objetos, tales como anillos, pendientes, pulseras, collares, relojes, etc., nos sirve muy adecuadamente para transmitir esta imagen del Ser Uno expresándose a partir de sí mismo en la infinidad de seres sin alterar en nada su esencia en ellos.
Cambian las formas, pero el fondo permanece idéntico e inalterable. Es por esa razón por la que decimos de cada ser particular  es un modo del Ser Uno, una adaptación suya.

viernes, 23 de febrero de 2018

¿Tenemos un guía Espiritual?



            Alguien  podría pensar que  disponer de un guía espiritual menoscaba la función de nuestra alma y nuestro poder interior, sería como dejar en manos de otro nuestra propia responsabilidad y desarrollo interior. Pero esto no deja de ser más que un prejuicio que rememora el orgullo del ego y su afán de individualismo que le lleva incluso a la pretensión de arrogarse todos los méritos y protagonismos para sí.
            Contemplar al guía desde la perspectiva del ego evidentemente que le quita todo atractivo e interés. Pero no es así como suceden las cosas. En nuestra vida, por ejemplo,  un buen estudiante, sobre todo en los cursos avanzados y de manera especial cuando va  a llevar a cabo cierta investigación para su doctorado recurre a un buen doctor especialista en su campo para que le asesore, acompañe, guíe y oriente. Eso no sólo no le resta valor a su labor investigadora y en la consecución de su trabajo sino que lo realza finalmente a la propia categoría y nivel de quien fue su maestro.
            Nuestra alma es cierto que cuenta desde su nacimiento con todo un saber y nivel acumulativo fruto de sus vidas anteriores y el trabajo realizado en ellas, pero eso no quiere decir que lo sepa todo. Es más, sin el concurso de quienes han avanzado más que nosotros, con sus saberes y experiencia nuestra evolución sería muy costosa, lenta y difícil, llena de demasiados rodeos y extravíos inútiles.
            Fijémonos para comprender mejor esto, en qué sería de nosotros sin los libros, los testimonios directos, el ejemplo y conocimiento de quienes nos rodean, los saberes acumulados por generaciones y generaciones, y todas las enseñanzas de que disponemos en nuestra vida terrestre. Iríamos más que perdidos, estaríamos como empezando a andar continuamente.
            La función del guía al que ahora aludimos representa, pues, ese saber que todos necesitamos para avanzar recta y eficazmente en nuestro camino espiritual. Él conoce nuestras posibilidades, también nuestras debilidades, así como los objetivos tanto inmediatos como a largo plazo que tenemos que alcanzar, sabe por dónde y cómo transitar nuestra ruta y  de todo cuanto necesitamos.
            Con nuestra apertura consciente a nuestro guía espiritual nos adentramos además abiertamente en el camino del alma y soltamos oficialmente la vía y el camino del ego, porque nos ponemos en manos de un servidor del ser, un representante de la Vida y el Espíritu. De este modo, a partir de ese momento ya dejamos para siempre de andar en solitario y vamos en compañía hacia la conquista de nuestra realización.
            No obstante, nuestro guía estuvo siempre presente interviniendo abiertamente sobre todo en momentos muy excepcionales y decisivos, como por ejemplo antes de encarnar con el fin de ayudarnos a decidir sobre las condiciones y objetivos de nuestra siguiente encarnación. También cuando sentimos la necesidad de su presencia activa como guía, tutor y maestro espiritual está presente.    Cada uno tenemos el guía que más adecua a nuestra evolución personal, características y desarrollo espiritual.
Tal vez no lo recordemos, pero nuestro guía es conocido perfectamente por nosotros, él nos ha escogido y nosotros a él y no sólo para esta encarnación. Lo único que ocurre es que con el fin de que crezcamos lo más autónomamente posible él mismo se retira aparentemente, por eso lo olvidamos, por eso no lo recordamos.
Podemos creer o pensar que no tenemos guía espiritual porque no lo hemos escuchado ni visto, cosa que no sucede igual en cada persona, pues sí que los hay que tienen una constancia muy abierta del mismo. Pero en cualquier caso, estaría bien que nos preguntásemos por la cantidad de impulsos que hemos tenido para realizar determinadas cosas en las que no habíamos pensado previamente, el valor y la claridad que nos ha venido sin saber cómo para llevarlas a cabo, o en las comprensiones más o menos repentinas que hemos ido teniendo en la vida y que nos han aportado la luz que necesitábamos en determinados momentos muy especiales. Cómo no pensar a propósito de todo ello en la voz sutil del guía espiritual que en contacto con el alma nos ha inspirado y apoyado.
En realidad el guía es nuestro Maestro espiritual. El Maestro espiritual empuja y nos anima constantemente para que crezca en nosotros nuestro maestro interior, en este sentido todo verdadero Maestro va dejando cada vez más al alumno espiritual para que sea su intuición y saber profundo el que afloren, hacia eso nos conducen continuamente.
            El Guía o maestro espiritual a veces se exterioriza en el Maestro físico con el que contactamos y al que nos abrimos en la vida presente, otras veces no ocurre así. Pero todos, de un modo o de otro contamos con el Maestro, sea cual sea la forma que adopte así como nuestra manera de percibirlo y sentirlo.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Percibir la Transparencia del Ser y sus cualidades.


Por lo que estamos diciendo El Ser Uno tendría que ser algo que todos deberíamos de estar percibiendo continuamente, puesto que no hay otra cosa que Él. En cambio, lo que la mayoría creemos detectar normalmente no es precisamente eso sino las cosas, personas, bosques, ríos, y toda clase de circunstancias,  que son las que, llenas del contenido que les confiere el conocimiento que tenemos de ellos, de su utilidad, características, historia o significado para cada individuo nos impresionan de un modo o de otro, nos atraen, fascinan o, por el contrario, provocan indiferencia o incluso rechazo.
Cuando eso sucede  nuestra atención es absorbida por lo que las cosas son y representan para nuestros sentidos físicos así como para nuestros intereses personales, con lo que refuerzan nuestro ego y nuestra personalidad cuerpo-mente, mientras que se queda en un plano ignorado o desconocido lo que es precisamente la esencia y el fundamento de todo ello: el Ser o Presencia, la Realidad Una.
Ahora bien, el que no nos demos cuenta del Ser o Fondo real que hace que todo sea no quiere decir exactamente que no lo percibamos, al contrario, pues se puede estar percibiendo algo y no verlo, como es lo que les pasa, por ejemplo, a los peces en el mar, los cuales por estar absolutamente inmersos en el agua, rodeados de agua, empapados de agua y no viendo más que agua no se estarían dando cuenta de ella.
En nuestro caso: todo es el Ser, no hay más que Ser, estamos hechos de Ser y no nos podemos salir ni un instante del Ser, pero en cambio sólo vemos “cosas”. Qué curioso y qué extraño a la vez. Teilhard de Chardin lo expresaba muy bien: “La presencia divina se ha revelado no ya simplemente frente a nosotros, junto a nosotros. Ha brotado tan universalmente, nos hallamos de tal modo rodeados y traspasados por ella, que ni nos queda espacio en que caer de rodillas ni siquiera en el fondo de nosotros mismos”
Entonces, si todo es ser, o sea, presencia divina, ¿cómo es que no nos damos cuenta de ello?, o lo que es lo mismo, ¿de qué depende el que podamos percibir conscientemente esa Presencia? Soltar, desapegar, silenciar, estas son las claves. Me explico: Todo va a depender de la mente o de nuestro ego, porque cuanto más presentes estén ellos menos conciencia tendremos del Ser. O estamos “nosotros” o está él. El mecanismo consistiría, pues, en soltar y aflojar los pensamientos, cesar nuestras proyecciones sobre lo que vemos, silenciar la mente, sentirnos relajados y en paz, todo lo demás ocurre sin nuestra intervención: surge el brillo y la transparencia del ser.
Todo está donde estaba, aparentemente nada ha cambiado, aunque en realidad ya nada es igual, simplemente el presente es, y es en todo. Nos hemos colocado frente a la realidad más allá de cualquier interpretación, recuerdo, emoción o sentimiento que sus contenidos como son las cosas nos pudiesen provocar. Ahora sólo existe Realidad, Ser. Y cuando eso sucede y nuestro ver se ha instalado ahí, no importa el tiempo que dure esto, lo que aflora de y en  nosotros es alegría, amor, éxtasis, saber, presencia, vida en estado puro, que son las cualidades del ser.

Hablamos de trasparencia del ser conscientes de que esto es sólo una forma de decir algo, para mí dice mucho, pero tal vez otros recurran a otro tipo de comparaciones o de metáforas, eso es lo de menos. El brillo que adquiere la realidad que entonces se empapa de alegría -¡hasta las piedras la transpiran!-, es lo que nos hace decir lo que decimos y también ese silencio que parece cubrir como un manto de clara transparencia todas las cosas.

martes, 24 de octubre de 2017

Una manzana es una manzana, Dios es Dios y el Ser es el Ser.


          Recuerdo cómo, una vez, en mitad de la noche me desperté mientras que con emocionada intensidad y mucho entusiasmo decía y repetía a modo de quien está expresando un eureka o un lo descubrí, la siguiente frase: “Dios es Dios, Dios es Dios…”, era la expresión contundente y clara de haber caído en la cuenta por primera vez de algo no por evidente menos cargado de significado y sentido, de algo, además, que no se podía en modo alguno traducir en ideas, palabras ni conceptos.  “Eso es Eso” dicen los vedantines. Y yo allí estaba, diciendo enfáticamente justo lo mismo, lo equivalente: “Dios es Dios”. Podría haber dicho también perfectamente “el Ser es el Ser”.
            Lo que yo decía era mucho más que una evidencia, o una tautología, como lo son afirmar de una manzana que es una manzana, de un libro que es un libro o de una silla que es una silla. Lo que yo expresaba, en cambio, era más que todo eso, ya que estaba señalando otro nivel de comprensión desde el cual me pronunciaba, y así lo estaba reflejando muy bien la emoción con que lo manifestaba. Aquello, lo que decía, partía de un saber profundamente sentido, no intelectual, no mental.
Porque, en algún momento de mi sueño yo había “visto” o sabido, por dentro o desde dentro la realidad de algo con lo que había conectado directamente, o sea, de ser a ser. Sucedió que todo yo, había experimentado más que entendido, y desde un lugar de mi alma, tal vez el más elevado de ella, la esencia del ser de Dios, de Lo Que Es. Y lo expresaba con la única forma posible a mi alcance: Eso es Eso, Dios es Dios o el Ser es el Ser.
Si has experimentado el ser de algo te das cuenta enseguida de que eso no tiene equivalente alguno con que expresarlo, ya que no existen palabras, ni siquiera alegorías, ni metáforas que lo concreten o definan, a pesar de tus infructuosos intentos por hacerlo. Simplemente: Aquello es Aquello, Eso es Eso, Dios es Dios.
Alguien que haya podido sentir desde dentro mismo de lo experimentado, lo que es la Vida, la Pura Existencia, Lo Real En Sí, sabrá muy bien que eso no tiene traducción posible, ni vía formal de comunicación. De ahí, lo acertado de la expresión Eso es Eso. Uno podrá intentar que otro lo entienda con un “es como si..” o con fórmulas parecidas, pero ninguna de ellas dirá demasiado, a lo sumo despertará o estimulará la intuición del que oye. Y es que: la Vida es la Vida, el Ser es el Ser y Dios es Dios. ¿Qué más se puede decir?
            Cualquier persona atenta a los “insight” (una especie de ver instantáneo) interiores, sabe de sobra que no se puede expresar esto que decimos si no va acompañado de una comprensión-vivencia interior del Ser, de la Realidad, de Dios.   
Digamos que aquella noche, en mitad del sueño y por paradójico que parezca, se había producido el hecho según el cual, la mismidad de uno, su ser, se estaba dando cuenta de lo que la Mismidad del Ser (Dios) es. Y esto sólo puede suceder porque ambas mismidades, la del ser individual y la del Ser Absoluto se hallan correlacionadas, y más que eso, porque en definitiva son el mismo ser.